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Juan José Morosoli: 50 años de su muerte
“La muerte es cosa interminable”
De espaldas al mar
Juan José Morosoli Porrini (1899-1957) nació en Minas, hijo de un albañil suizo del cantón de Ticino, frontera con Italia. Giovanni, su padre, cruzó el océano y se instaló en un lugar que podía seguir evocándole la tierra de la que se exiliaba. “Hablemos pues del Ticino –disertará el hijo, años después- tierra de valles y montañas, de riscos y de lagos, donde las nubes bajan hasta las casas y las casas suben hasta las nubes”. No es pampa ni desierto. El mar está lejos. No expone a esa angustia que nace en lo infinito, en los espacios planos que confirman la pequeñez del hombre; otros vacíos lo abisman en la soledad.
Aunque las informaciones corrientes dicen que fueron gallegos y asturianos los que poblaron Minas en la fundación, hay algo castellano en su espíritu mediterráneo. En “La novela nacional y algunos de los problemas actuales” Morosoli recogió ese presentimiento: “Cuando don Rafael Pérez del Puerto -Ministro de la Real Hacienda de Maldonado, 1783- envió a Minas para fundarla, cruzando a lomo de mula el lomo de la cuchilla, a un número de familias castellanas, dio con ello a la región una austera fisonomía moral. Los hijos de los fundadores fueron acercando las dos ciudades al ir moteando de viviendas el desamparo gris de la zona. Es curioso el proceso. (…) En vez de tierras de pan fueron hacia tierras de vellón. (…) En ese grupo castellano se vertió luego una nutrida colonia vasca tan austera como aquella. Se conjugó adustez con adustez. La del hombre y la de la tierra. Había aquí piedra y espacio y agua en marcha y silencio”.
El viaje al mar (en fin, al Río de la Plata) que Juan José realizó cuando tenía 10 años contenía un puñado de presagios. Fue el premio a un concurso de composiciones escolares: cerró, prematuramente, su ciclo escolar y abrió, sin saberlo, otro itinerario. La visita fue al puerto de Montevideo cuya inauguración, que no ocurrió, estaba programada para el 25 de agosto de 1909. La escritura inaugural, vinculada al puerto, anticipó la otra que Morosoli haría de espaldas al mar. Morosoli se internó en el departamento de Lavalleja como lo hicieron los fundadores de Minas, que venían de Maldonado, o como lo hizo su padre que venía de más lejos y también buscó distancia con el mar. Regresó, cuarenta y pico años después, con el cuento “Un viaje hacia el mar” (1952). El cine lo ilustró en 2003, al cumplirse casi un siglo de aquella aventura infantil.
Caso paradigmático del autodidacto, Juan José cursó solo cinco años de primaria. Cuando salió de la escuela ya había tenido su primer triunfo literario. ¿Quién puede desentrañar ese misterio? ¿Cómo evitar considerarlo una señal? Luego no hubo ninguna leyenda romántica: un maestro que lo descubriera y lo protegiera para que siguiese sus estudios; una madre inspiradora de cultivos artísticos. No. La vida le impuso el trabajo temprano y templó su espíritu comercial. El periodismo de provincia y las resonancias de una literatura que aún no daba la espalda al interior fueron sus aliados incondicionales.
Cronista de vidas
De confiar en las fechas que la investigación de su archivo ha fijado para los inéditos, la maduración del cuento de Morosoli se hizo por la confluencia de dos prácticas de escritura. Hay un Morosoli que a los veinte años realiza precoces y aislados intentos narrativos. Las primeras páginas que pueden considerarse cuento se remontan a 1919. Convivieron con otro género, la crónica o estampa, que practicó en los veintes, en periódicos como El Pueblo, El Orden, La Unión, El Departamento.
El cronista le habla a la materia cronicada: exclama, invoca, implora. Su función dominante es la informativa, a partir de su capacidad de descripción; pero también importa ese diálogo en que la voz intima con el sujeto elegido y este devuelve la atención depositada en él. La estampa juega con el tiempo y la nostalgia. A veces es de cosas desaparecidas; otras todavía existen pero solo para evocar recuerdos de una juventud que se fue: “Coche viejo de la noche, que vienes del pasado y pronto serás pasado”.
“Si usted quiere realizarse como escritor, tiene que andar. Usted no ha caminado, Morosoli” le dijo un día el corredor de autos Héctor Supicci Sedes. Morosoli no había viajado ni lo haría luego de escuchar a Supicci. Él ya había elegido otros recursos como sucedáneos de ese viaje. Al itinerar restringido, Morosoli lo había sustituido por otro tipo de movimiento: la selección del hecho recortado, la suspensión del tiempo alrededor de él, la condensación dramática. Su sistema podría compararse con el de las ondas en el agua: un golpe en un punto provoca una serie de círculos concéntricos. Pero, y aquí está la singularidad, esa visión en la superficie esconde una agitación debajo del agua que constituye el misterio activo del relato.
“Penetrar este hombre suele ser cosa difícil. El gran silencio es su clave” disertó Morosoli en “La soledad y la creación literaria”. El desafío de su narrativa iba a ser interpretar ese silencio. De ahí que Mario Benedetti presentara a Morosoli como un “cronista de almas”. “Era hora de entrar en el hombre” dirá Morosoli. “Empezaba a ser difícil el trabajo del narrador. Los hechos fundamentales que el hombre realizaba se cumplían dentro de sí mismo (…) Fue él el gran poseído por las distancias vacías, que para no vaciarse de su condición humana acorazó su sensibilidad en el silencio, que es el gran condensador de la soledad”.
Estos fueron algunos de los desafíos que Morosoli pudo razonar en su tarea de narrador. Antes o después debió munirse de los instrumentos técnicos, verbales, para cumplir debidamente ese objetivo, para no inmolar lo verdadero en el ara de lo pintoresco.
Oscar Brando
Curador
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